sábado, 23 de junio de 2012

TEMPUS FUGIT


Era una tarde de verano, aparentemente como otra cualquiera. Caminaba sosegadamente por  una calle que el calor había dejado completamente vacía. Sin rumbo, dejándome llevar por mis propios pasos, como un transeúnte solitario , absorta en mis propios pensamientos. De repente, para mi sorpresa,  escucho unas voces. Levanto la cabeza y , a lo lejos,  medio cegada por culpa de un gran lucero amarillo que parecía burlarse de mi escasa visibilidad, soy capaz de divisar a un grupo de muchachos de no más de 6 años. Jugaban con una cómica pelota que resistía pacientemente a los golpes y patadas que recibía. Paso cerca del grupo y la pelota llega delante de mí. La cojo y es entonces cuando me llegan a la mente un sinfín de recuerdos. Recuerdos de un pasado único, imposible de reemplazar. Un pasado en el que no había peleas, discusiones ni disputas, solo riñas sin importancia que se solucionaban con un ``¿ hacemos las paces?´´. Un pasado en el que el colegio era entendido como un lugar para jugar y hacer amigos y no como una cárcel que nos tenía apresados para realizar interminables exámenes hiciese el calor o el frío que hiciese. Un pasado en el que no importaba el ganar o el perder, solo participar y que al llegar a casa te esperasen miles de felicitaciones y cumplidos por tu merecido esfuerzo. Un pasado en el que la navidad era posible y se vivía con ilusión y alegría. Un pasado en el que el comienzo de unas vacaciones se vivían con pena porque significaba el no volver a ver a tus amigos hasta septiembre, por muy bien que lo pasases en la playa o en esos  típicos campamentos de niños. Un pasado en el que el único problema  eran las cuentas de Matemáticas y que no te llegase el dinero suficiente para una simple bolsa de pipas o para algún capricho, y términos como  la inflación o la crisis estaban totalmente fuera de lugar. Un pasado en el que no importaban las notas, puesto que nunca iban a pasar de un progresa adecuadamente. Un pasado lleno de esperanzas en el que cada día se vivía como una aventura más. Un pasado que seguro que a todos nos gustaría volver a experimentar, pero ya sólo queda el recuerdo, un recuerdo que nadie será capaz de arrebatarnos jamás, aunque pasen décadas, siglos o milenios. Porque estoy segura que todos siguen conservando ese niño en su interior.






-¿Me pasas la pelota, por favor?
Una vocecilla interrumpe mis pensamientos y no tengo más remedio que esbozar una sonrisa ante esa mirada inocente. Le doy la pelota y sigo pensando en que será de mí en un futuro y en lo mucho que cambiamos en tan poco tiempo.
El tiempo vuela y nos obliga a volar con él. Ojalá el tiempo se parará de vez en cuando y pudiésemos saborear mejor cada una de las etapas de la vida y reflexionar sobre si estamos obrando correctamente.








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