jueves, 5 de julio de 2012

Regrets in the past


Eran alrededor de las 4 de la mañana. Llevaba varias horas dando vueltas en la cama pero el calor me impedía conciliar el sueño. Al final decido levantarme y me asomo a la ventana a tomar un poco el aire. No era la única que no podía dormir esa noche, ya que Andrew, el jardinero del barrio estaba asomado al balcón fumándose un cigarrillo semiacabado. Se respiraba tranquilidad en todo el barrio, como si el más mínimo ruido pudiese despertar a los 5 millones de habitantes de aquella enorme ciudad. Miro al horizonte y después a los desiertos paseos y avenidas. Un gato paseaba solitario a la caza de algún ratón despistado.  En ese momento lo veo a lo lejos. Allí está él, sentado en un banco con ese aire despreocupado y chulesco que lo caracteriza. Pero hoy lo veo distinto, ¿mucho más guapo, quizás? Deprisa.  bajo las escaleras hacia salón y salgo a la calle. Corro hacia al banco pero ya no está. Ha desaparecido. En ese momento, noto unas manos que me cubren los ojos y un susurro al oído:
-¿Me buscabas?
Rodeo mis manos con las suyas notando su tacto inconfundible. Era él. Podía notar su perfume, su pelo rozando mis mejillas, su piel, sus corpulentos brazos y esa sonrisa pícara que tanto me gustaba aunque no la pudiera ver en ese momento.
-¿Qué haces aquí a estas horas?
-No podía dormir.
En ese momento me da la vuelta y sosteniendo mi cabeza con sus manos, me besa. Rodeo su cuello con mis brazos. Nos besamos. Después me coge de la mano:
-Ven conmigo, te llevaré a un sitio que jamás olvidarás.
Le sigo y cuando por fin llegamos a ese sitio me dice que cierre los ojos. Subimos por una senda un poco ladeada y por fin llegamos arriba.
-Abre los ojos.
Los abro y puedo ver entonces el paisaje más bonito que había visto jamás. De un acantilado brotaba un río que daba vida a todo un frondoso bosque. Desde allí arriba podía divisar la playa y su ondulado oleaje. También se podía ver toda la ciudad desde allí. Miles de luces procedentes de distintos puntos se cernían a lo lejos. Los grillos aportaban la banda sonora con sus canturreos a aquel maravilloso espectáculo. Gracias a la luna podía verle a él. Podía ver todos sus rasgos faciales incluso esa marca de nacimiento en la parte superior del cuello. Todo era precioso. Nos sentamos al borde del acantilado y volvemos a besarnos. Deseaba permanecer allí, junto a él el resto de mi vida, pero ambos sabíamos que nos quedaban muy pocos días como aquel. Él debía retomar su camino y yo el mío por mucho que nos doliera. Pero sabía que ese momento no se me olvidaría nunca. Había quedado grabado en mis retinas de la misma manera que habían quedado grabados cada uno de los instantes vividos junto a él.


Entonces, recordé una frase y  no pude reprimir las lágrimas. Decía algo así como ``No empiezas a valorar lo que tienes hasta lo que pierdes´´. Era la última noche a su lado y ya no podía dar vuelta atrás. Estaba a punto de perderlo y todo era por mi culpa…

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