Eran alrededor de las 4 de la mañana. Llevaba varias horas
dando vueltas en la cama pero el calor me impedía conciliar el sueño. Al final
decido levantarme y me asomo a la ventana a tomar un poco el aire. No era la
única que no podía dormir esa noche, ya que Andrew, el jardinero del barrio
estaba asomado al balcón fumándose un cigarrillo semiacabado. Se respiraba
tranquilidad en todo el barrio, como si el más mínimo ruido pudiese despertar a
los 5 millones de habitantes de aquella enorme ciudad. Miro al horizonte y
después a los desiertos paseos y avenidas. Un gato paseaba solitario a la caza
de algún ratón despistado. En ese
momento lo veo a lo lejos. Allí está él, sentado en un banco con ese aire
despreocupado y chulesco que lo caracteriza. Pero hoy lo veo distinto, ¿mucho
más guapo, quizás? Deprisa. bajo las
escaleras hacia salón y salgo a la calle. Corro hacia al banco pero ya no está.
Ha desaparecido. En ese momento, noto unas manos que me cubren los ojos y un
susurro al oído:
-¿Me buscabas?
Rodeo mis manos con las suyas notando su tacto
inconfundible. Era él. Podía notar su perfume, su pelo rozando mis mejillas, su
piel, sus corpulentos brazos y esa sonrisa pícara que tanto me gustaba aunque
no la pudiera ver en ese momento.
-¿Qué haces aquí a estas horas?
-No podía dormir.
En ese momento me da la vuelta y sosteniendo mi cabeza con
sus manos, me besa. Rodeo su cuello con mis brazos. Nos besamos. Después me
coge de la mano:
-Ven conmigo, te llevaré a un sitio que jamás olvidarás.
Le sigo y cuando por fin llegamos a ese sitio me dice que
cierre los ojos. Subimos por una senda un poco ladeada y por fin llegamos
arriba.
-Abre los ojos.
Los abro y puedo ver entonces el paisaje más bonito que
había visto jamás. De un acantilado brotaba un río que daba vida a todo un
frondoso bosque. Desde allí arriba podía divisar la playa y su ondulado oleaje.
También se podía ver toda la ciudad desde allí. Miles de luces procedentes de
distintos puntos se cernían a lo lejos. Los grillos aportaban la banda sonora
con sus canturreos a aquel maravilloso espectáculo. Gracias a la luna podía
verle a él. Podía ver todos sus rasgos faciales incluso esa marca de nacimiento
en la parte superior del cuello. Todo era precioso. Nos sentamos al borde del
acantilado y volvemos a besarnos. Deseaba permanecer allí, junto a él el resto
de mi vida, pero ambos sabíamos que nos quedaban muy pocos días como aquel. Él
debía retomar su camino y yo el mío por mucho que nos doliera. Pero sabía que
ese momento no se me olvidaría nunca. Había quedado grabado en mis retinas de
la misma manera que habían quedado grabados cada uno de los instantes vividos
junto a él.
Entonces, recordé una frase y no pude reprimir las lágrimas. Decía algo así como ``No empiezas a valorar lo que tienes hasta lo que pierdes´´. Era la última noche a su lado y ya no podía dar vuelta atrás. Estaba a punto de perderlo y todo era por mi culpa…

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